Es exactamente lo que escribe Ramón Gaya en El silencio del arte: “Un arte desesperado es un contrasentido. […] El arte parece llegar de muy lejos, pasar por el hombre, luego desprenderse, deshacerse del hombre como de una corteza, y seguir. […] Una gran obra de arte no es nunca una conclusión, como se compromete a serlo una obra científica o filosófica, sino un principio que escapa, que huye, que se liberta.[…] El creador no aspira a la palabra, es decir, al arte, a la obra, sino al silencio; claro que a un silencio vivo, a un silencio de vida, no de muerte, ni siquiera mudo, sino comunicante. El arte no es vestir, sino desnudar...”
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